Así luce la casa de Aramberri, una leyenda de 84 años


Muchos la recuerdan como una leyenda que ha pasado de generación en generación, nuestros abuelos pueden contarla, los historiadores la tienen presente y los archivos periodísticos y judiciales mantienen detalles.
Ocho décadas han pasado de aquel 5 de abril del año de 1933, Monterrey fue escenario y testigo de un terrible acontecimiento en una casa situada en la calle de José Silvestre Aramberri número 1026, casi esquina con Diego de Montemayor muy cerca del Palacio de Gobierno.
La historia narra que a eso de las seis y media de la mañana, Delfino Montemayor y su familia que dejaron su natal Zaragoza para vivir en la capital, vendieron todo y se asentaron en el centro, cerca de la cede del gobierno estatal.
Delfino se despidió de su esposa Antonia Lozano de 54 años para ir a su empleo en la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey; mientras la hija Florinda Montemayor con tan solo 19 años dormía.
Al regresar por la tarde Delfino las vio cruelmente asesinadas.
Al saber que tenían dinero en efectivo, un grupo de delincuentes entró a la casa y entre ellos, dos sobrinos de Delfino por eso la puerta no se encontraba forzada por lo que el asesinato les fue más fácil.
Se capturaron a los asesinos?

Un rastro de sangre que salía de la casa hacia otro domicilio cercano les dio una pista a las autoridades, una carnicería, ahí se encontraron algunas pertenecías de la familia Montemayor.
Gabriel habló, él y dos secuaces planearon el robo junto con un chofer y el asesinato de las mujeres, a quienes mataron para no ser reconocidos.
Ya arrestados fueron ejecutados al aplicarles la ley fuga en una loma llamada de la santa Cruz, situada a la entrada y en enfrente del cementerio de General Zuazua, Nuevo León. Luego los cuerpos de los asesinos fueron expuestos para calmar el morbo y las buenas conciencias de la sociedad regiomontana de la época.
Los cuatro maleantes que reconocieron la intención del robo terminaron degollando a sus víctimas. Se llamaban Gabriel Villarreal, Emeterio González de León, Pedro Ulloa y los hermanos Heliodoro y Fernando Montemayor, ambos sobrinos de los dueños de la casa. Hubo otro cómplice a quien le apodaban "el ciego " pero no participó directamente en el crimen. Un detective llamado Inés González encontró la primera pista para hallar a los culpables: un rastro de sangre salía de la casa que conducía a una carnicería propiedad de Gabriel y Emeterio tan famosos en ese barrio.
De esta tragedia de los años 30´s se ha escrito varias veces no solo se tienen archivos periodísticos , hay versiones orales, expediente judicial y dos novelas: la primera publicada al poco tiempo del fatal episodio de Eusebio de la Cueva y la segunda por Hugo Valdés Manrique en 1994 quien a reeditado su impresión en varias ocasiones y la UANL hizo una edición ampliada incluso hasta en formato electrónico.
Durante mucho tiempo se convirtió en un sitio turístico inevitable se decía que se escuchaban los gritos y lamentos de dolor y tomó fama también porque se habló de que un loro repetía “Díles que no me maten, Gabriel”.
Aprovechando la vibra de la casa, unas personas vinculadas a la brujería acudían para llevar a cabo ritos y sacrificios de animales, por lo que las puertas y ventanas de la casa debieron ser selladas y enrejadas para cerrarles el acceso.
En el año 2002, siendo gobernador Fernando Canales Clariond amenazó con tirar la casa para terminar con los rumores que alteraban la paz del barrio, la curiosidad de muchos hizo que recobrara fama que hasta se mandó colocar una malla metálica y la puerta se sellara.
Actualmente la casa Aramberri permanece cerrada y tapiada, la malla ya no existe y para muchos su pasado trágico quedó a en eso, en pasado, para los transeúntes es una casa más en ruinas pero para los adultos mayores es un triste recuerdo que viene a la memoria cuando se oye hablar de ella o cuando se pasa frente a ella.
































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