• REDACCIÓN

Hola Vianey!


Tomado de: Gabriel Contreras/Reporte Ciencia UANL

Un año antes de que Los Beatles grabaran “Twist and Shout”, una muchachita daba a conocer la canción en México, en su versión en español. El arrojo fue tal que ni siquiera utilizó un grupo propio para la grabación: tomó la pista de una versión norteamericana, le montó encima su voz y unos coros, y la lanzó a través de Discos Peerles. Eso fue en 1963. “Twist and Shout” salió de la prensa, en Inglaterra, en la versión de Los Beatles, el 2 de marzo de 1964.

La diferencia fue cosa menor, pero es una diferencia muy importante, porque nos revela el tino y el arrojo de aquella muchacha, que parece tan frágil y tiene el carácter más sólido que una telaraña.

Lo cierto es que, extrañamente, “Twist and Shout” fue un éxito de Vianey Valdez y, luego, llegó a manos de Los Beatles.

En aquel disco, sello Peerless, 45 RPM, la versión en español se llamó “Muévanse todos” y la cantó Vianey Valdez, nacida en el Distrito Federal en 1943. En la cara B del mismo disco, estaba “Sé mi gran cariño”.

Vianey está llena de recuerdos, pero permanece callada al fondo de la sala. Nos mira desde un sillón crema y sonríe. La luz le favorece, la hace parecer una estrella, y lo es.

En realidad, Vianey habla poco, se reduce a decir lo que tiene que decir. Ella es flaquita, blanca, tierna, su cabello es lacio y castaño. Hoy, parece la mamá o la abuela de la muchacha que aparece rockeando en aquellos discos legendarios, pero sucede que no, porque es la misma Vianey y es la de siempre. Hay cierta dosis de inmortalidad en ella. Esos discos la vistieron de atemporalidad, y esa condición de estrella secreta va con ella a todas partes.

En su juventud, Vianey proyectó su trabajo fuertemente desde Monterrey a través de discos, televisión y “tocadas”. Hoy, los carteles alusivos a la época giran discretamente en Internet y son cosa de coleccionistas. Por cierto, uno de esos coleccionistas se llama Carlos Pérez Jacobo, es un destacado abogado regiomontano, vivió una infancia dura, pero hoy tuvo un día agradable. Hoy la buscó con el único fin de abrazarla y platicar un poco. Carlos, en realidad, la sigue desde niño, desde el primer momento, y tiene en su camioneta cuatro elepés de su estrella, decidido a conseguir el autógrafo en cada una de esas portadas.

El abogado tiene entre sus piezas más preciadas una gabardina autografiada por Cantinflas, y en su bar hay carteles originales de las películas de Cantinflas, El Santo y otras figuras del blanco y negro. Carlos sonríe, conduce feliz, aunque se pierde un poco entre las calles de San Pedro.

Su estatus de eterno fan de Vianey comenzó desde que ella comenzó, pero lo cierto es que no tenía noticia de su paradero. De pronto, un poco de chiripada y un poco por caualidad, Carlos supo que Vianey sigue en Monterrey, y a los dos días encendió el motor de su camioneta blanca y se fue a buscarla a San Pedro, por el rumbo de Vasconcelos…

Ella tiene unos ojos muy grandes y una mirada inteligente. Su tiempo, para definirlo de algún modo, fue el de los Isley Brothers, Chuck Berry, Chris Montes, Trini López, gente así. Poco después, vendrían los años fuertes, en México, de Enrique Guzmán, Johny Laboriel, César Costa y Angélica María.

En esos años, que fueron los sesenta, la cultura regiomontana apostó por el rock y la elegida como figura más visible fue Vianey. Hablamos específicamente de 1965, y añadimos que en esos días se gestaba un fuerte movimiento en los estudios de Televisión Independiente de México (TIM), una pequeña estación ubicada en Jiménez Norte 730. Ahí, convivían Cascarita, Rubén Aguirre Fuentes, Sergio Peña y Kipy Casado, que acabarían por traer a Monterrey a gente de la radio cubana, como Tres Patines y Anibal de Mar, el Tremendo Juez.

Alrededor de Vianey, se movían piezas importantes, como Juan El Matemático, Polo, Homero González, Héctor Benavides y Roberto Hernández Junior (en ese tiempo, los dos últimos, conductores de televisión rockera).

2017. Vianey sigue siendo una figura importante de la historia cultural del norte de México. Está algo retirada de la música, disfruta la calma de una casa hermosa, pequeña y bien iluminada. En su sala, no vemos memoralia ni objetos presuntuosos, pero sí una radiola roja que nos hace pensar en los inicios del rock, en Bill Halley, Elvis… Por cierto, Enrique, su esposo, tiene escondida una colección de botellas de refresco…

Ella está en su casa y ahí se pasa el día. No canta más. Es una profesional de la cocina y ofrece cursos a quien desee tomarlos. Lo cierto es que sabe de cocina europea y es famosa en el barrio por sus pasteles. Es otra persona, en efecto, pero en el fondo no lo es, ya que Enrique González, su esposo, sigue siendo un apasionado de la música, conduce programas de radio, y Enrique Junior toca la batería con “Los Lobos”, en California.

El carácter de Vianey está ligado a la inquietud y su pasado de rockanrolera se expresa a cada momento. Vianey sonríe abiertamente, parpadea con cierto nerviosismo y atiende a cada pregunta con una palpable serenidad. Sabe que su papel fue de pionera, está consciente de que grabar un disco en esos días no era cosa fácil, y no ignora que la historia del rock le dio un lugar de privilegio en nuestro idioma. Pero también sabe que su aventura en el rock no está documentada en libro alguno, que no existen documentos fílmicos que den constancia de ello, y que en el fondo no hay un registro claro de sus esfuerzos, ni del aporte de gente como Juan El Matemático, Homero González o Polo. Hasta el momento, me cuenta, no se ha hecho libro alguno sobre aquella época. Y agrega que mucha gente le hace entrevistas y luego publica versiones que son muy distintas entre sí. Me dice que hace tiempo el Museo de Historia Mexicana le pidió prestados algunos objetos para una exposición, y que fue lindo dar una conferencia allí. Pero nada más.

Vianey sabe que no existe, en nuestro país, un museo del rock, y que tampoco existen noticias de que vaya a haberlo. No está triste por eso, solo lo dice. Y mientras tanto, ella sigue atenta a su vida actual, que consiste en cocinar, enseñar los secretos de la cocina, y asomarse, de vez en cuando, a esa época que fue tan suya, y de Enrique Guzmán, y de Angélica María, y… de Carlos Pérez, y de tanta gente.

Vianey suspira, se acuerda de todo y cierra los ojos un momento.

asomarse, de vez en cuando, a esa época que fue tan suya, y de Enrique Guzmán, y de Angélica María, y… de Carlos Pérez, y de tanta gente.

Vianey suspira, se acuerda de todo y cierra los ojos un momento.


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15 Segundos | Periodismo Político en Monterrey, Nuevo León.