El primer juguete de los "nuevos dioses"


Recuerdo que hace tiempo se puso de moda la idea de que la realidad era una simulación. La hipótesis planteaba algo inquietante: si algún día fuéramos capaces de crear mundos habitados por seres conscientes, por pura probabilidad sería más probable que nosotros mismos viviéramos dentro de uno que en la realidad original.
Recientemente lograron reconstruir digitalmente el cerebro de una mosca de la fruta. Y desde entonces, internet comenzó a experimentar con él: lo han puesto a jugar Doom, a resolver tareas y, quizá lo más extraño, a recrear antiguos castigos mitológicos como los de Sísifo, Tántalo, Prometeo o Ixión. Una pequeña mente convertida en el juguete de un panteón de dioses humanos, donde cada uno puede decidir qué escenario habitará y qué destino tendrá.
Sabemos que reconstruir sus conexiones neuronales no significa necesariamente que la mosca esté viva o sea consciente. Incluso parece existir una limitación fascinante: esta versión digital no acumula experiencias como lo haría un organismo. Cada situación es, en cierto sentido, un instante independiente. Pero esto me lleva a una pregunta que alguna vez escuché en una clase de psicología: ¿dónde está la mente? ¿Dónde está el yo? ¿Qué parte de nosotros es realmente aquello que llamamos “yo”?
Durante miles de años imaginamos a los dioses como entidades capaces de crear mundos, establecer sus reglas y decidir el destino de quienes los habitaban. Algunos ofrecían protección; otros imponían castigos eternos. Ahora, sin darnos cuenta, hemos comenzado a ocupar ese lugar. Podemos tomar una reconstrucción neuronal, darle un entorno y observar qué ocurre cuando la sometemos a nuestras propias reglas.
Tal vez lo más revelador no sea saber si esta mosca puede sentir, sino observar lo que hacemos nosotros cuando tenemos algo parecido al poder de un dios. No somos una deidad frente a ella. Somos un panteón entero. Y cada uno ha decidido qué clase de dios quiere ser.

































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