La realidad vertical


Cuando era más joven, recuerdo que en internet había una especie de desprecio por los videos grabados en vertical. Parecían un error: ¿por qué desperdiciar los lados de la pantalla? Hoy, en 2026, ocurre exactamente lo contrario. La mayoría de los videos que consumimos son verticales. Quizá eso dice algo sobre nosotros: nos acostumbramos rápidamente a nuevos límites, incluso cuando cambian nuestra manera de mirar. Lo que ayer parecía un error, hoy es la norma.
Desde hace décadas, los estudios sobre medios hablan del "encuadre": para mostrar una realidad tenemos que seleccionar una parte de ella. Erving Goffman y Robert Entman estudiaron cómo esos marcos influyen en nuestra interpretación. Susan Sontag, desde la fotografía, reflexionó sobre cómo encuadrar también significa excluir. Y una fotografía de Itsuo Inouye, tomada durante la guerra de Irak, lo demuestra: dependiendo del recorte, un soldado estadounidense puede parecer estar apuntando a un iraquí o dándole agua. El hecho es el mismo; lo que cambia es lo que queda dentro del encuadre.
El video vertical lleva esa selección a nuestra vida cotidiana. Vemos diez segundos de una discusión y creemos entenderla; una frase recortada parece explicar a una persona; una imagen parece contarnos una historia completa. Como señaló Clive Thompson, el formato vertical favorece al individuo, pero tiene dificultades con el contexto. Un fragmento puede ser completamente verdadero y, al mismo tiempo, mostrarnos una historia incompleta.
Y quizá hacemos lo mismo con las personas. Alain de Botton ha reflexionado sobre nuestra tendencia a interpretar a los demás mediante explicaciones sencillas, mientras esperamos que los demás comprendan la complejidad de nuestra propia historia. Reducimos a alguien a una frase, un error o un momento, pero queremos que para juzgarnos conozcan todo lo que ocurrió antes y después, aunque esto puede estar cambiando.
Podríamos llamar a esto una "realidad vertical": una realidad reducida a un encuadre estrecho, donde vemos con claridad una parte, pero dejamos de mirar lo que la rodea. Quizá el desafío no sea solamente distinguir lo verdadero de lo falso, sino preguntarnos qué quedó fuera del encuadre. Porque al aprender a mirar el mundo en fragmentos, quizá también aprendimos a abandonar el contexto para encajar en lo que la sociedad espera de nosotros.
¿Qué estamos dejando fuera de nosotros para encajar en el encuadre de los demás?

































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