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  • Foto del escritorFRANCISCO TIJERINA ELGUEZÁBAL

Los ‘tíos’ de Monterrey


Percepciones Francisco Tijerina Elguezabal


“Un pariente pobre es siempre un pariente lejano” Alfred d' Houdetot

Desde hace ya algunos años se puso de moda en Monterrey que a pesar de que no exista una relación familiar, los amigos de los hijos llamen “tíos” a los papás de sus cuates. Así, al titipuchal de sobrinos que de manera natural me cargo, se han ido sumando otro montón de sobrinos. Tíos famosos ha habido muchos, como “El Tío Gamboín”, el inolvidable locutor Ramiro Gamboa, que presentaba caricaturas en el Canal 5 de México y mandaba saludos a los niños diciendo “ya te tengo anotado como sobrino”. En nuestra ciudad no menos famoso fue “El Tío” Rodrigo Velarde que en 1931 abrió junto con su esposa, doña Aurorita Ortiz, el famoso restaurante en la antigua Quinta Calderón. Gran impulsor del hipismo, “El Tío” fue anfitrión de inolvidables festejos, comidas, cenas y reuniones de miles de regiomontanos que disfrutamos de su riquísima cocina y el excelente trato de su personal. Fue una pena que al venderse se perdiera la magia de su sazón, lo que a la postre derivó en su desaparición. En lo político tuvimos en Monterrey una tía famosa, doña Leonor Garza Salinas de Barocio, tía de Carlos Salinas de Gortari, quien fue regidora en Monterrey durante el mandato de Sócrates Rizzo como alcalde. En ese tiempo Mauricio Fernández era el presidente municipal de San Pedro y propuso construir un túnel que uniera a Monterrey y San Pedro a la altura de las avenidas Cuauhtémoc y Pino Suárez, pero el proyecto implicaba la desaparición de 17 manzanas de colonia Independencia y se encontró con la férrea oposición de los vecinos que fueron apoyados por “la tía Leonor” quien con “un poquito” de apoyo de su sobrino Carlos se encargó de matar la idea. Años después la misma doña Leonor junto al entonces gobernador Rizzo, propuso se el túnel se hiciera en Venustiano Carranza. Hace pocos días Mariana Rodríguez, la esposa del gobernador Samuel García y candidata a la alcaldía de Monterrey, publicó una foto en sus redes sociales de una reunión en la que aparecía Hernán Villarreal, el secretario de Movilidad estatal y cuando hubo reclamos dijo que ella y su marido veían a Hernán “como un tío”. Sé que es de cariño, pero hay de tíos a tíos, porque también tío es el famoso “tío Lolo”.


Sabroso

Percepciones Francisco Tijerina Elguezabal

22-marzo


“Tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores” Winston Churchill

Centrados en la metrópoli, pocos ponen atención a lo que sucede en otros municipios de Nuevo León en donde la elección de los presidentes municipales es todo un acontecimiento y conlleva una especial relevancia, incluso para la zona conurbada de Monterrey. Tal es el caso de Cadereyta Jiménez, la otrora “Capital Escobera” y que de un tiempo a la fecha ha sido puesta en el ojo del huracán por albergar, desde hace ya un montón de años, a la Refinería de Pemex, a la que acusan de ser el principal contaminante de la atmósfera de la región. A la pelea entre el actual alcalde, el panista Cosme Leal, que busca reelegirse en el cargo y el aspirante naranja Carlos Rodríguez “El Cuate”, se ha sumado una tercera opción en la persona del abogado Julio Garza Marroquín, postulado por el Partido Verde, quien si se descuidan tantito los de siempre se los puede llevar entre las patas. La ventaja de Julio Garza es ser la novedad, porque tanto Cosme como “El Cuate” están muy vistos en Cadereyta y ya la gente les sabe hasta el modo de andar, por lo que pocas sorpresas pueden dar y se limitarán a repetir los muy gastados discursos y promesas de siempre. Es ahí donde radica la brecha de oportunidad de Julio Garza que, si hace una buena campaña y logra vencer al abstencionismo imperante en la zona haciendo que el pueblo salga a votar en masa por su persona, les gana la alcaldía con la mano en el bolsillo. Ya veremos y diremos, pero de una cosa estamos seguros, en Cadereyta el asunto se va a poner sabroso.



Dirección

Percepciones Francisco Tijerina Elguezabal

20-marzo


“El arte de dirigir consiste en saber cuándo hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta. Herbert Von Karajan

Es común que en las campañas los equipos, pero sobre todo los candidatos, den por hecho que lo saben todo, lo pueden todo y casi nunca es así. Sí, han sido lo suficientemente listos para llegar hasta ese punto, pero eso no significa que tienen idea de cómo llevar la estrategia de una campaña política ganadora, como tampoco entienden de temas jurídico-electorales, administrativos, de comunicación y tantas cosas más. Es cierto que es su futuro el que está en juego, pero por ello mismo es que deben buscar el apoyo de los mejores en cada área e intervenir sólo en contadas ocasiones, pero la mayor parte del tiempo dejarse guiar y apoyar. Más allá de los mensajes, las líneas discursivas y la estrategia, quiero centrar mi atención en un punto medular de las campañas de Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez, me refiero a la forma en que ambas pronuncian sus discursos públicos. Seguramente en algún momento de sus carreras ambas han recibido algún entrenamiento en medios y tienen idea de cómo lidiar con reporteros y entrevistadores, pero es más que evidente que ninguna de las dos ha tenido una capacitación para utilizar su voz como una herramienta para convencer a los públicos en eventos abiertos. Más grave aún, el hecho de que sus encargados de marketing utilicen fragmentos de sus discursos para elaborar mensajes para la TV y redes sociales, spots en los que el tono, color, fraseo, intención y vibración no aparecen por ningún lado. Todo lo dicen igual, todo te sabe a lo mismo, no emocionan a nadie y terminan por aburrirte por lo que dejas de escucharlas. Son monocordes, incapaces de explotar su rango vocal, pero más allá de ello, carecen de un sentido de imprimir a cada frase o palabra una intención que busque penetrar en la mente de los receptores a fin de ganar votos. Hablan, repiten, pero sin poner sentimiento y sin buscar el convencimiento y así acaban por fastidiar a la audiencia que al término de los eventos no es capaz de recordar una frase, un momento, un concepto. Te revientan su perorata al mismo ritmo de principio a fin, sin idea de para qué sirven los espacios y los silencios, de cuándo hay que acelerar y cuando disminuir la velocidad de las

palabras, de cuándo es necesario emplear un tono grave. Confunden la enjundia con gritar y no es lo mismo. A Claudia y Xóchitl les falta dirección, guía, entrenamiento, capacitación y junto con ellas a sus equipos de creación de contenidos y redacción de discursos para, desde el papel mismo, hasta llegar al teleprompter o el apuntador, encontrar la manera de que sean capaces de convencer a su auditorio de lo que están proponiendo; son más aburridas que un mesero de cantina recitando las marcas de cerveza que tienen para ofrecer. Hablar ante un micrófono es un arte y en ello la comprensión del discurso juega un papel fundamental para desde ahí marcar toda una estrategia de cómo se debe proyectar a los oyentes.

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